HOMILÍAS/HOMILIES

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Traducción en Inglés

 

Tercer Domingo de Cuaresma

Ciclo B

Lecturas: 1) Éxodo 20, 1-17   2)  1 Corintios 1, 22-25   3) Juan 2, 13-25

Hemos escuchado, en la Segunda Lectura, que San Pablo les dice a los cristianos de Corintio que no deben exigir signos a Dios.  Y les enfatiza que el único signo que necesitan conocer es el signo de la Cruz de Cristo que, como él dice, es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles.  Les recuerda que, “lo necio de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”.  San Pablo fue uno de los que entendieron muy bien el significado de la Cruz.  Recordemos lo que dijo en su Carta a los Gálatas, “yo no he de gloriarme sino en la cruz del Señor Jesucristo”. (Gálatas 6,14)

La Primera Lectura de hoy es del Libro del Éxodo.  Moisés bajó del Monte Sinaí portando con él las tablas que Dios le había entregado con los Diez Mandamientos.  Esos mandamientos, Dios los hizo para que los hebreos se transformaran y se convirtieran en sus fieles seguidores.  Pero también son para nosotros.  Al cumplirlos demostramos a Dios obediencia, fidelidad y amor.  Durante los siglos después del Éxodo, las autoridades religiosas judías añadieron a estos Diez Mandamientos nada menos que 600 leyes que los judíos tenían que acatar.  En los tiempos de Jesús, los escribas y Fariseos, dos grupos poderosos de la religión judía, eran casi los únicos que entendían esas leyes.  Se sobrentiende que así fuera, ya que ellos mismos fueron los que las habían implantado.  Y se jactaban de que eran los únicos que las cumplían fielmente.  Pero eso no era la realidad.  Muchos de ellos no las seguían por obediencia ó amor a Dios.  Fingían, ante el pueblo, que las seguían.  Con esto querían demostrar que eran más responsables y mejores personas.  

Los responsables del Templo de Jerusalén eran las autoridades religiosas judías.  A través de los años, estos observaron que muchos judíos venían de los alrededores e incluso de países lejanos a sacrificar animales al templo.  Decidieron alquilar puestos y mesas dentro del templo a los vendedores de animales y a los cambistas.  Para hacernos una pequeña idea, era algo así como cualquier mercado alrededor del mundo.  Comprendemos el terrible impacto que sufrió Jesús al entrar al templo y ver en qué habían convertido la casa de su Padre Amado.  Y también comprendemos muy bien el enfado vigoroso del Señor cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores de ganado.  También nos imaginamos que las autoridades judías no podrían dar crédito a lo que estaban viendo.  Para ellos, el templo les pertenecía.  Y ellos eran quienes daban las órdenes.  Seguramente por eso, no pudieron aguantar que alguien les quitara la autoridad.  Así que decidieron intervenir, preguntándole a Jesús, “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”.  El Señor, como tenía por costumbre, no respondió a esta pregunta directamente, sino que dijo, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.  Estas palabras, ni las autoridades judías ni los propios discípulos, las entendieron.  Fue después de su muerte y resurrección cuando los apóstoles comprendieron con claridad aquellas palabras del Maestro y lo que con ellas les quiso decir.  

La muerte de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Cruz nos dejó un testimonio palpable del inmenso amor que Él tiene para cada uno de nosotros.  La cruz, para los griegos y romanos, era el objeto de tortura más horrible.  Y los judíos la consideraban un instrumento de la maldición divina.  Incluso hoy en día, para muchos, la Cruz puede parecer algo absurdo e incomprensible.  Puede ser esta la razón que a muchos les cuesta entender que Dios enviara a su propio Hijo a padecer esa muerte atroz.  Pero por más de veinte siglos nosotros, los cristianos, hemos proclamado, y seguimos proclamando con entereza y alegría, que la Cruz es la que nos redime y nos salva.