HOMILÍAS/HOMILIES

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Sexto Domingo De Pascua
Ciclo A
Lecturas: 1) Hechos 8, 5-8; 14-17 2) 1 Pedro 3, 15-18 3) Juan 14, 15-21

    Desde siempre y en todas las épocas, la humanidad se ha hecho una pregunta que, a la vez, es muy sincera y muy profunda: ¿quién es Dios? Los humanos sabemos, por naturaleza, que hay un ser infinitamente superior a nosotros. Este mundo en que vivimos tiene que ser obra de alguna inteligencia superior, de algún ser mucho más poderoso que el ser humano. ¿Quién es? ¿Porque nos ha creado? ¿Cuál es el sentido de nuestra vida?
   
Cuando Nuestro Señor vivía aquí en la tierra, ya había mucha especulación sobre quién era el verdadero Dios. La mayoría de las religiones paganas tenían un gran número de dioses. Estos eran sangrientos y vengativos.    Buscaban sus propios intereses menospreciando a los seres menos poderosos. Para ellos, la humanidad existía para ser dominada a su antojo.


    Entre todos los pueblos de la tierra, solamente el pueblo Judío tenía una idea diferente sobre quien era Dios. Para ellos Yahvé no sólo era el único Dios sino que era un Dios diferente a todos los otros. Para los judíos, Yahvé no era un Dios malévolo. Era un Dios que amaba a su pueblo tanto que había hecho un acuerdo con ellos. Era una promesa sencilla y profundamente conmovedora. A través de la larga historia del pueblo Judío, Dios seguía repitiendo su promesa, "Yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo". Dios prometía amar y ser fiel a su pueblo. Prometía protegerlos. A cambio, su pueblo prometía amarle y serle fiel. También prometía obedecer sus mandamientos. Estas son las bases de la relación con Dios: amor, fidelidad y obediencia.


    La Primera Lectura nos demuestra que después de la Resurrección del Señor, la gran noticia que los apóstoles proclamaban era sencilla. Dios no hace distinciones; acepta al que le ama, le teme, y practica la justicia, sea de la nación que sea. Al nacer Jesucristo, Dios mismo amplio la promesa que hizo al pueblo Judío. Desde ese instante en adelante, todos los pueblos de la tierra comparten esa misma promesa.


    Dios nos hace una oferta de amistad y entrega total que sobrepasa los límites de nuestro entendimiento. En muchas ocasiones, nos podíamos preguntar, siendo los seres humanos como somos, ¿cómo puede ser que Dios nos ame? Este es el gran misterio. En el Evangelio, Jesús nos dice: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él.” Nuestro Señor nos dice lo que el Papa Juan Pablo II siempre dijo y lo que Benedicto XVI sigue diciendo: que no debemos temer. Jesús nos promete que si somos fieles a Él, si seguimos sus mandamientos, y si le amamos, Él será fiel a nosotros, nos protegerá y nos amara.


    Los Cristianos hoy en día, como los Cristianos de los tiempos de los apóstoles, tenemos el deber de proclamar el gran amor que Dios tiene hacia la humanidad. En Gaudium et spes, el Concilio Vaticano Segundo dijo que el ser humano es la "única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo" (Gaudium et spes, 24). En su Primera Carta, San Juan nos dice, "El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero" (1 Juan 4, 10). Este es el Evangelio, la buena noticia, que la Iglesia anuncia al mundo entero.