Homilías/Homilies

Sample Homily

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Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

 

Lecturas: L1) Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29 L2) Hebreos 12, 18-19. 22-24a Ev) Luke 14, 1. 7-14

 

San Lucas nos dice, en el evangelio de hoy, que el Señor fue invitado a una cena banquete en la casa de un hombre importante, un fariseo.  Al entrar y sentarse, el Señor observaba a los demás invitados y lo que veía no le gustaba.  No es de extrañar que cuando todos estaban sentados, el Señor expuso la parábola que acabamos de escuchar. Una de las cosas que enseña con esta parábola nos sigue siendo importante hoy en día.  Si queremos ser buenos cristianos debemos reconocer que el que se ensalza a sí mismo será humillado y el que se humilla será ensalzado. A través de esta parábola Nuestro Señor nos enseña la importancia de mantenernos en nuestro sitio. Nos dice que no hay nada malo en mantenernos siempre atrás sin que se note nuestra presencia. Y es que el Señor sabe que la ambición puede llegar a ocupar una parte importante de nuestra vida. Debemos tener mucho cuidado de no creer que debemos estar por encima de los demás. La ambición es una forma de soberbia. Y de la ambición también viene la envidia, ya que los que son ambiciosos nunca se sienten bien consigo mismos aunque tengan mucho, y siempre sienten envidia de los que tienen más.

 

Las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la virtud más fundamental de todas las demás, la humildad. Esta virtud es tan necesaria en el ser humano que Jesús mismo hablaba de ella con muchísima frecuencia. En la ocasión que nos relata San Lucas en el evangelio de hoy, el Señor fue invitado a una cena banquete en la casa de un hombre importante, un fariseo. Al entrar y sentarse, el Señor observaba a los demás invitados y lo que veía no le gustaba. Los que llegaban se iban colocando en los puestos de mayor honor. Es probable que algunos hasta empujaban a los otros para llegar a los primeros puestos cerca del anfitrión antes que los otros invitados.

 

En la sociedad que nos rodea se considera cómo personas grandes a los que tienen autoridad. Las lecturas de nuestra misa hoy nos enseñan en que consiste ser grandes. Para Jesucristo las personas grandes son los que saben y quieren ser útiles a los demás. Él nos dice que seamos humildes en todo y nos recuerda que cuando invitemos a personas a nuestra casa que no invitemos a fulano de tal porque es importante o porque nos va a pagar de alguna manera. Nos dice que debemos invitar con naturalidad y, a poder ser, al que más lo necesita. Porque lo importante no es que los invitados nos alaben o que hablen bien de nosotros o que nos deban un favor porque les hemos invitado. Para el Señor lo importante es que hagamos el bien para los otros, que les seamos útiles. Esta es la grandeza de alma de un buen cristiano. Y por esta razón muchas veces admiramos la grandeza de alma de las personas sencillas como la Madre Teresa de Calcuta que siempre decía que el Señor la había llamado a atender a los más pobres de los pobres. O la grandeza de una madre de familia que atiende y cuida a unos hijos difíciles o a un esposo rudo o machista. Esto es lo que se llama grandeza de alma. El cristiano será grande en la medida que haga cosas por los demás. Y no tienen que ser cosas que se vean mucho. A veces basta con una sonrisa, con un abrazo o un apretón de manos sincero, o con una palabra amable..


Sigamos el ejemplo de la Virgen María. Ninguna criatura jamás fue tan humilde como ella para seguir al Señor. Al confesarse esclava del Señor, fue convertida en la madre del Verbo Divino y se lleno de gozo. Pidámosle a Nuestra Madre Amantísima que el Señor nos dé la alegría de reconocer que somos nosotros también sus esclavos. De esta manera, nos pareceremos mucho más a Cristo que no hizo alarde de su condición divina sino que tomó la forma de esclavo y nos salvó.           

 


Twenty Second Sunday of Ordinary Time

Cycle C

 

Readings:   R1) Sirach 3:17-18, 20, 28-29   R2) Hebrews 12:18-19, 22-24a   Gos) Luke 14:1, 7-14


Saint Luke tells us, in the Gospel today, that the Lord was invited to a banquet in the home of an important man, a Pharisee.  When he entered and sat down, the Lord observed the other guests and what he saw, he did not like. It should not surprise us when that when everyone had sat down, the Lord told them the parable that we just heard.  One of the things that he taught with this parable continues to be important for us today.  If we want to be good Christians we should recognize that whoever makes himself out to be more important than others will be humbled and whoever is humble will be lifted up.  Through this parable Our Lord teaches us the importance of staying in our place.  He tells us that there is nothing wrong with staying in the background so that our presence is not noted.  That is because the Lord knows that ambition can become an important part of our lives.   We should be very careful not to believe that we deserve to be in charge of others.  Ambition is a form of sinful pride.  And from ambition stems envy, since those who are ambitious never feel that they are doing enough even though they have much and they always are envious of those who have more.  

 

The readings in the Mass today talk to us about the most fundamental virtue of all, humility.  This virtue is so necessary to humanity that Jesus himself spoke about it frequently.  On this occasion Saint tells us in the Gospel today that the Lord was invited to a banquet in the home of an important man, a Pharisee.  When he entered and sat down, the Lord observed the other guests and what he saw he did not like.  As they arrived the guests would sit in the places of honor.  Some of the probably even pushed and shoved in order to get to the best seats, closest to the host, before the other guests.

 

            In the society that surrounds us people who in authority are considered to be great people.  The readings of our Mass today show us what it means to be great.  For Jesus great people are those who want to serve others.  He tells us that we should be humble in everything we do and he reminds us that when we invite someone to our home what we should not invite so and so because he or she is important or is going to repay us in some way.  He tells us that when we invite someone we should do so naturally and, if possible, it should be someone who is in need.  Because the important thing is not that the guests praise us or speak well of us or that they owe us a favor because we invited them.  For the Lord the important thing is that we do good for others, that we are useful.  This is the greatness of heart of a good Christian.  And for that reason many times we admire the greatness of soul of simple people like Mother Teresa of Calcutta who always said that the Lord had called her to attend to the needs of the poorest of the poor.  Or the greatness of a mother who has to take care of difficult children or a rude, machista husband.  This is what we call greatness of soul.  Christians will be great in the measure that they do things for others.  And these do not have to be things that others can see.  Sometimes a smile, a hug, a sincere handshake or a kind word is enough.

       

            Let us follow the example of the Virgin Mary.  No other creature was ever as humble as she was in following the Lord.  When she said that she was the handmaid of the Lord, she was transformed into the mother of the Divine word and was filled with joy.  Let us ask Our Most Beloved Mother that the Lord will give us the joy of knowing that we are also his servants.  In this way, we will become much more like Christ who, “though he was in the form of God, did not regard equality with God something to be grasped. Rather, he emptied himself, taking the form of a slave,” and he saved us.



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